Aiden y Katherine caminan bajo los rayos del sol que iluminan Noliac. Es un mundo de dimensiones medianas, cubierto en su gran mayoría por arena. Dos ríos recorren desde el norte hasta el sur, juntándose cerca de la mitad de Noliac para formar un grande y caudaloso río.

 

El mundo está poblado por tres ciudades: Glogor, Tlogor y Nogor. Tlogor es la urbe principal y más grande, ubicada en el centro del mundo, y abarca los tres ríos. Por el contrario, Glogor y Nogor son ciudades más pequeñas situadas al norte de Tlogor; ambas comparten un mismo pedazo de río, razón por la que siempre se encuentran en pelea: la metrópoli que controle el río poseerá más riquezas.

 

– ¿Qué es lo que hacemos aquí? – Katherine preguntó mientras se quitaba una gota de sudor de su cara.

– El emperador de Tlogor, Orgon IV, me contactó – Aiden empezó a explicar –, quiere que le ayudemos a defender su ciudad de un ataque proveniente de las otras dos metrópolis.

– ¿Iremos a una guerra? –  Katherine indagó anonadada.

– ¡No! – Aiden replicó apresuradamente–, sabes que nunca haría eso. Nuestro trabajo consiste en escabullirnos en el mundo de Glogor y Nogor; sabotear a los adversarios y eliminar sus suministros y armamentos antes de que se produzca el ataque.

– Pero ¿para qué me trajiste? – Katherine añadió.

– Porque necesitaré de tu ayuda – Aiden contestó –, además te viene bien salir de vez en cuando de esa casa. ¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?

– Ya tenía un par de meses sin salir de la residencia de Diego – Katherine comentó después de contar en su cabeza el tiempo que había pasado desde su última misión.

– También es una buena forma para continuar con tu entrenamiento y conocer otros destinos – Aiden dijo sonriendo.

– ¿Qué podré aprender en este lugar? – Katherine cuestionó desanimada –, lo único que se ve es arena, dunas y más arena.

– Pronto estará cerca nuestro destino – Aiden comentó mientras empezaba a subir una gran duna.

 

Una vez en la cima del arenal, la gran ciudad de Tlogor aparece ante sus ojos. Está rodeada por una muralla de piedra, los tres ríos dividen a la ciudad y, desde esa altura, se vislumbran los puentes de madera que permiten a sus habitantes cruzar el agua.

– ¡Contempla la majestuosa ciudad de Tlogor! – Aiden exclamó mientras levantaba las manos –, desde aquí se puede ver la división de la ciudad. No existe la pobreza en este lugar, pero la mejor zona es en la que se encuentra el palacio del emperador, entre los ríos Nilac y Tlonc.

 

Katherine sigue con su mirada la dirección que Aiden señala y logra mirar una construcción blanca, rodeada de grandes jardines y una gran cúpula en el techo.

– Sí, se distinguen las divisiones de la ciudad –  Katherine expresó después de pasar un rato viendo a Tlogor –, alrededor del palacio todo es limpio, elegante y ordenado…, pero al cruzar los ríos se percibe un ambiente sucio, desordenado y apilado.

– Así funcionan las cosas aquí – Aiden remarcó mientras comenzaba a descender por la duna –. El emperador nos espera, démonos prisa.

 

Katherine prosigue a su amigo duna abajo, mientras camina con cuidado para no caerse. Conforme baja, la ciudad se vuelve más grande. Pasan veinte minutos, y los compañeros entran atravesando el arco sur de la ciudad.

– Me llama mucho la atención que no tengan puerta – Katherine enfatizó ya en la entrada de la comarca.

– La soberbia es la mayor debilidad de Tlogor – Aiden afirmó mientras ambos caminaban por la calle principal de la ciudad.

 

La calle construida en su totalidad de piedra blanca cruza desde el arco hasta la entrada del palacio del emperador. A los costados, aproximadamente, cada tres metros, nace una palmera; entre ellas se encuentra un par de guardias. El uniforme de los custodios consiste en una cota de malla con incrustaciones de piedras preciosas que caen hasta los muslos, un casco metálico con plumas blancas en la parte superior que les cubre gran parte de la cabeza y unas botas de cuero negro que suben hasta la rodilla; del cinto les cuelga una espada corta y su mano derecha sostiene una lanza.

 

– Hay cambio de guardia cada cuatro horas – Aiden señaló mientras recorría la gran calle –. También tienen prohibido moverse a menos que el emperador lo indique.

– Las riquezas de Tlogor provienen de los ríos y de un yacimiento de sal que se encuentra a unos kilómetros al este de esta ciudad – Aiden continuó explicando tras una breve pausa.

 

Aiden sigue platicando cuando, de repente, los soldados dan un cuarto de vuelta para desenfundar sus espadas y apuntarlas al cielo. Antes de que Katherine pueda decir algo, las puertas del palacio se abren y una persona vestida por completo con túnicas blancas sale detrás de ellas, rodeada por cuatro guardias.

 

– Cuando estés frente al emperador apoya la rodilla derecha en el piso, lleva tu barbilla al pecho y tu mano izquierda hacia atrás, en paralelo con el suelo – Aiden susurró mientras se acercaban al palacio.

– ¿Algo más? – Katherine interrogó mientras repasaba mentalmente las instrucciones de su amigo.

– No te levantes ni cambies de posición hasta que el emperador lo ordene –, Aiden recalcó.

 

El emperador y su escolta han detenido la marcha a unos metros fuera de su palacio y esperan a que sus invitados lleguen. Cuando Aiden se encuentra a dos metros del emperador, se frena y hace lo que había explicado minutos antes. A su lado, Katherine imita sus movimientos.

 

Pasan un par de minutos en los que todos permanecen inmóviles, nadie se atreve a moverse de su sitio hasta que el emperador rompe el silencio.

– Sean ustedes bienvenidos a mi reino –. Por favor, síganme.

 

El emperador da media vuelta seguido de su escolta, Katherine y, hasta el final, Aiden. Frente a la entrada, la puerta se abre con un fuerte chirrido y, sin detenerse, el grupo de personas ingresa al palacio.

 

El alcázar tiene más de veinte habitaciones, tres comedores y una gran cocina que trabaja día y noche para poder abastecer los banquetes interminables que el emperador organiza. Hasta arriba, en la cúpula, se encuentra la biblioteca más grande de toda la ciudad.

 

– ¡Esta visita amerita un banquete! – el emperador exclamó una vez las puertas de su palacio habían cerrado por completo –, quiero que se informe a mis cocineros.

Sin esperar ninguna otra indicación, uno de los soldados que escolta al emperador da media vuelta y desaparece tras una puerta.

– No es necesario realizar un banquete, Orgon – Aiden clamó –, preferimos partir lo antes posible.

– ¡Ya dije que se hará un banquete! – el emperador reiteró visiblemente enojado –, los espero en el comedor principal una vez que el sol haya bajado. Al terminar de cenar discutiremos la forma de trabajar. ¡Que alguien los acompañe a su habitación!

 

Otro de los guardias se aleja del emperador y con una seña les indica a Katherine y a Aiden que lo acompañen. Caminan a través de largos e iluminados pasillos del palacio, hasta que el guardia se frena en seco frente a un portón de madera.

– ¿Entramos por aquí? – Katherine preguntó.

El soldado asienta con la cabeza y se queda inmóvil hasta verlos ingresar al cuarto.

 

– ¿Qué fue lo que acaba de pasar? – Katherine cuestionó una vez dentro de la habitación.

– Harán una cena en nuestro honor – Aiden respondió en lo que se quitaba las botas y se acostaba en la cama.

– Sí, me di cuenta de eso – Katherine reiteró siguiendo el ejemplo de Aiden –, pero ¿qué es lo que haremos a continuación?

– Aprender todo lo que puedas sobre Noliac – Aiden expresó alegremente –. Te esperan unas horas de estudio y observación.

– ¡Qué emoción! – Katherine exclamó sarcástica.

–Sé que no te gusta esta parte de las misiones, Aiden enfatizó mientras sacaba varios papeles de la bolsa que le colgaba del hombro, pero eso nos ayudará si surge algún imprevisto, además, de conocer el terreno que recorreremos –.

– Supongo que tú ya conoces esa información, ¿no? – Katherine preguntó mientras se pasaba a la cama de Aiden.

– Sabes que yo analizo todo lo posible antes de partir a una misión – Aiden puntualizó en lo que extendía un mapa sobre la cama.

– Aquí es donde estamos – Aiden señaló en un mapa –, Nogor y Glogor se encuentran unos kilómetros al norte.

– Si ya sabemos en dónde estamos y adónde tenemos que ir, ¿por qué no vamos de una vez? – Katherine interrumpió.

– Porque sería una falta de respeto dejar plantado al emperador en su cena especial – Aiden refutó –, y no fuimos directo a las otras ciudades porque teníamos que verlo para informarle que ya estábamos listos para comenzar con el trabajo.

– No me gustan estas formalidades – Katherine se quejó –, nos quitan tiempo.

– Tenemos dos posibles rutas para llegar a las otras ciudades – Aiden dijo ignorando completamente a Katherine –. ¿Cuál propones utilizar?

 

Katherine toma el mapa, comienza a analizar las opciones y, de esa manera, Aiden empieza a preparar a Katherine para una misión que a simple vista parece sencilla.

 

Aiden y Katherine se encuentran en una habitación poco iluminada; ella tiene un mapa entre las manos y él la observa en silencio. La luz proviene de un candelabro que cuelga del techo. En el cuarto están distribuidas dos camas y un pequeño mueble de madera entre ellas.

 

– ¿A qué hora se cena en este lugar? – Katherine inquirió sin dejar de observar el mapa.

– Cuando el emperador nos mande llamar – Aiden contestó en voz baja –, ¿qué plan de acción propones?

– Podemos dirigirnos hacia el oeste y entrar primero a Nogor – Katherine comenzó a explicar mientras trazaba una ruta imaginaria con su dedo en el mapa –, una vez terminado nuestro trabajo en esa ciudad, cruzamos el río y entramos a Glogor.

– De esa forma evitamos atravesar el campamento de saqueadores – Aiden prosiguió analizando el plano –. La ruta es más larga, pero creo que será mejor así.

– ¿Qué hacemos una vez dentro de la ciudad? – Katherine interrumpió.

– El emperador nos tiene que proporcionar mapas detallados de esas ciudades para poder movernos sin problema –.

– ¿Y qué espera? – Katherine preguntó de malas –, nos pide esperar para asistir a una cena innecesaria, y nos hace perder el tiempo al no darnos el material completo.

 

Antes de que Aiden pudiese responder, se escuchan unos golpes en la puerta de la habitación; Katherine se levanta de un salto de la cama y corre para abrir. Al hacerlo ve a dos guardias armados parados en el pasillo.

– El emperador los espera – uno de los guardias expresó –, síganme.

 

Los guardias empiezan a caminar velozmente por los pasillos del palacio, los recorren sin titubear y sin siquiera voltear para cerciorarse de que los invitados los sigan. Después de pasar por varios corredores vacíos, bajar unas escaleras en caracol y atravesar una gran puerta de madera, llegan al amplio comedor. Todos los presentes guardan silencio y voltean hacia la puerta, viendo a la pareja que acaba de entrar.

 

Katherine y Aiden se quedan parados bajo el marco de la puerta analizando su entorno. Es un gran salón en el que están acomodadas tres mesas largas repletas de personas, todas vestidas con sus ropas más elegantes; algunas tienen una copa plateada en la mano; y otros pedazos de carne en sus platos. Al fondo del salón hay una mesa más pequeña, cubierta por un mantel elegante, con vajilla dorada y una cantidad exuberante de comida. El emperador está sentado y a su lado hay dos sillas vacías.

 

– ¿Qué hacen ahí parados? – el emperador cuestionó –, ¡vengan a mi mesa y coman!

Katherine y Aiden empiezan a recorrer el pasillo que divide la estancia, sintiendo cómo todos los presentes los siguen con la mirada.

– ¡Y los demás, continúen con la fiesta! – el emperador ordenó cuando sus invitados se sentaron a su lado.

 

Después de escuchar la orden de su emperador, el personal del palacio continúa llevando comida y bebida a los invitados, los músicos tocan sus instrumentos y, poco a poco, el banquete regresa a la normalidad.

– Ojalá sea de su agrado la comida – el emperador comentó antes de beber un poco de vino.

– Conozco a alguien que disfrutaría mucho de este lugar – Katherine sostuvo mientras tomaba un pedazo de carne y le daba una gran mordida.

Aiden voltea a mirarla con reproche y le pregunta rápidamente al emperador:

– ¿Cuándo veremos los detalles de la misión? –

– ¡Primero se come, luego se trabaja! – el emperador pronunció enojado –, si me vuelves a insistir sobre ese tema, haré que te azoten.

– Le pido una disculpa – Aiden expresó temeroso –, no lo molestaré más.

 

El emperador asiente con la cabeza mientras toma otra vez de su copa, Aiden voltea hacia Katherine y sólo con esa mirada basta para que Katherine comprenda los planes de su compañero.

– ¿Qué les parece la comida? – el rey preguntó después de unos minutos.

– Está exquisito – Aiden respondió después de tragar un pedazo de pan.

– Es la mejor cecina de cerdo que haya probado – Katherine añadió sonriendo.

 

El emperador vuelve a asentir con la cabeza, se levanta de su silla y aplaude un par de veces para que los presentes guarden silencio.

– ¡Que empiece el baile! – el emperador solicitó después de llamar la atención de todos los comensales.

Inmediatamente después, una veintena de sirvientes empujan las mesas hacia las orillas del salón. Una vez creado un nuevo espacio, la música vuelve a inundar el lugar y los invitados se paran para bailar; la gran mayoría con una pareja, otros forman un grupo pequeño y, solamente, dos personas se quedan sentadas en las mesas. Desde el fondo, el emperador observa y ríe, ignorando a las dos personas que tiene a su lado.

 

Aiden y Katherine comen del plato de frutas que tienen enfrente, está repleto de una pequeña fruta que crece en ese reino, parecida a la uva, pero más dulce y grande. Mientras degustan, ven a los invitados bailar y pasar un rato agradable. Pasan unos minutos, y un hombre alto y flaco, vestido de manera elegante completamente de verde se acerca a la mesa central.

– ¿Me permite esta pieza? – el extraño le preguntó a Katherine haciendo una leve reverencia ante ella y extendiendo la mano a manera de invitación.

Ella acepta con una sonrisa, se levanta de la silla, le da la mano y lo sigue hasta el centro del salón. Una vez listos, empiezan a bailar, intentando seguir los pasos que los demás hacen.

– Me llamo Gnor – comentó mientras bailaba con Katherine.

– ¡Mucho gusto, Gnor! – Katherine dijo aprovechando la pausa de la música –. Yo soy Katherine.

Gnor añadiría algo más, pero la música ahogó sus palabras; en seguida, Katherine sonrió y los dos continuaron disfrutando del ritmo de la tradicional música de Tlogor.

 

– No sabía que vendrías acompañado – el emperador señaló sin dejar de ponerle atención a la elegancia que Katherine mostraba al deslizarse en la pista de baile.

– No me dijiste que tenía que venir solo – Aiden argumentó antes de terminarse la fruta.

– Sabes que no me gusta que me oculten las cosas – el emperador enfatizó.

– Nadie te está ocultando nada, Orgon – Aiden contestó.

– Por su bien, espero que no – el emperador amenazó mientras se levantaba y caminaba alrededor de la mesa –, acompáñame a la sala del trono.

Los invitados dejan de bailar al momento en el que el emperador se para, y al darse cuenta de que se dirige hacia la salida, los invitados se detienen en ambos lados del salón creando un camino para que el emperador pase.

El emperador Orgon IV recorre el camino, seguido por Aiden. Conforme ambos caminan, la gente inclina la cabeza para demostrar respeto.

– ¡Muchas gracias por el baile! – Katherine exclamó apartándose de Gnor –, pero tengo que irme.

– Fue un placer – Gnor respondió, pero Katherine ya no lo alcanzó a escuchar porque corría entre las personas tratando de alcanzar a Aiden.

– ¿A dónde vamos? – Katherine sondeó al alcanzar a su amigo.

– Espero que nos lleve al lugar en el que nos explicará qué quiere que hagamos – Aiden confesó murmurando.

 

El emperador continúa caminando en silencio por los amplios y bien iluminados pasillos de su palacio hasta que llega a una puerta custodiada por dos soldados. Antes de que el emperador llegue a la puerta, uno de los custodios la abre y sin detenerse, el emperador seguido de cerca por Aiden y Katherine, la traspasa. Segundos después, la puerta se cierra. La pequeña sala tiene una alfombra verde que recorre desde la puerta hasta un gran trono al fondo de la habitación. El trono está confeccionado de oro, excepto el asiento y los reposabrazos que son de un colchón aterciopelado verde. A los costados del cuarto hay dos grandes ventanales por los cuales atraviesan los rayos del sol, iluminando el lugar. Sobre el trono está colgado un estandarte, del mismo color y bordadas del mismo material, dos serpientes entrelazadas en una lanza. 

 

– Quiero que cumplan con el encargo de la manera más discreta que sea posible – el emperador comenzó a hablar al sentarse –. Mi deseo es que Nogor y Glogor sigan ocupados, peleando entre ellos para que se mantengan lejos de mi imperio. Como te pedí, Aiden, quiero que sabotees su cuartel para dejarlos sin armas y quemar su granero para dejarlos sin comida.

– ¿No son algo drásticas esas medidas? – Katherine cuestionó.

– Prefiero hacer eso a ver sufrir a mi pueblo – el emperador rebatió mirándola fijamente a los ojos.

– ¿Tienes en mente algún plan en específico? – Aiden inquirió.

– ¡Anya! – el emperador gritó sin desviar la mirada.

 

Al instante la puerta se abre y entra una pequeña mujer por ella, camina en silencio, con la cabeza agachada sobre la alfombra hasta llegar frente al emperador.

– Consígueme los mapas de Nogor y de Glogor – Orgon ordenó sin verla–, también quiero un casco de la guardia de cada ciudad.

Anya, sin levantar la vista del piso, asiente, da media vuelta y sale de la sala sin pronunciar una palabra.

– Eso es lo que harán – Orgon comentó una vez que la puerta se cerró –, sabotear su cuartel y dejar como evidencia un casco de la otra metrópoli.

– ¡Así se hará! – Aiden afirmó –. ¿Podría mandar los mapas y los cascos a nuestro cuarto?

– ¿A qué se debe eso? – Orgon preguntó desconfiando de Aiden.

– Queremos salir lo antes posible – Aiden reveló –. Nos prepararemos en lo que esperamos a Anya.

– Le haré saber a mis sirvientes que lleven el material su cuarto – el emperador revalidó –, pueden salir.

 

Aiden inclina la cabeza, da media vuelta y empieza a caminar hacia la salida de aquel cuarto. Cuando se encuentra a la mitad, se frena y voltea a ver a Katherine que está parada frente al emperador.

– ¿No existe otra forma de lograr la paz sin recurrir a la violencia? – Katherine refutó.

– No en mi mundo – el emperador expresó molesto –. Ahora, vayan a hacer su deber, por lo que fueron contratados.

– Pero, no cree que… – Katherine empezó a decir cuando, de repente, sintió las manos de Aiden que la jalaban hacia atrás.

– ¿Qué es lo que haces? – Katherine exclamó tratando de zafarse de Aiden.

– Espera a llegar a la habitación – Aiden le susurró al oído antes de salir del cuarto del trono.

 

Una vez fuera, Aiden suelta a Katherine y camina en silencio, seguidos por un guardia hasta su habitación. Aiden abre la puerta, espera a que su compañera entre y la cierra en la nariz del guardia.

– ¿Me puedes explicar qué es lo que acaba de pasar? – Katherine expresó alterada.

– Aquí no, Katherine, será mejor que nos guardemos nuestra opinión hasta salir de la ciudad – Aiden pidió entre murmullos.

– Me rehúso a hacer la encomienda del emperador – Katherine sostuvo –, no haré que dos pueblos continúen en combate por el capricho de una persona.

Antes de que Aiden pudiese comentar algo más, la puerta se abre y Anya entra por ella cargada con dos pergaminos enrollados y una bolsa de tela.

– ¡Muchas gracias! – Aiden agradeció mientras sujetaba los manuscritos –, eres muy amable.

– Por favor, no hagan lo que les encargo el emperador – Anya suplicó musitando.

– ¿Por qué dices eso? – Katherine increpó.

– Por favor, baje la voz – Anya imploró mirando hacia la puerta –, siempre hay alguien escuchando en este palacio.

– ¿Qué es lo que sabes? – Aiden cuestionó en el tono de voz más bajo que pudo hacer.

– Sé que lo que ustedes harán desencadenará una serie de eventos fatídicos para muchas personas – Anya confesó caminando hacia la puerta –. Los veré al suroeste de la ciudad, a unos tres kilómetros de aquí hay una pequeña cabaña abandonada. Ahí podremos charlar sin temor.

 

Anya abre la puerta y sale de la habitación, dejando a Aiden y a Katherine cavilando sobre lo que acaban de escuchar. Unos instantes después, Aiden sacude su cabeza para despejarse y camina hacia la puerta para cerrarla.

– Agarra lo indispensable para partir – Aiden solicitó a Katherine mientras veía el interior de la bolsa –; yo llevaré los pergaminos y los cascos.

– ¿Confiaremos en Anya? – Katherine cuestionó en lo que se acomodaba los sables en la espalda.

– No perdemos nada en escuchar lo que tiene que decir – Aiden replicó mientras se ponía su cota de malla –. ¿Estás lista?

– No necesito nada más – Katherine expresó caminando hacia la puerta.

 

Aiden abre la puerta de la habitación, dejando pasar a Katherine. Juntos, caminan entre los soldados que hacen guardia fuera de su cuarto y recorren el largo pasillo hacia la salida del palacio. Una vez fuera, caminan con paso firme por la calle principal de la ciudad, pasan entre las palmeras y los guardias que permanecen inmóviles. Exactamente, en la salida, hacen una pequeña pausa que Aiden aprovecha para mirar al cielo y guiarse. Katherine voltea a ver a su amigo y, tras una breve mirada, los dos se adentran en el desierto en búsqueda de la cabaña abandonada.

 

Katherine y Aiden caminan lado a lado en el inmenso desierto de Noliac. Los dos traen puestas unas túnicas grises para protegerse del sol y de los fuertes vientos que azotan el desierto; no les preocupa cubrir su camino porque el aire lo hace por ellos.

– Se aproxima una tormenta de arena – Aiden comentó al ver una gran pared de arena que se acercaba del sur –, será mejor que lleguemos a la cabaña antes de que la tormenta nos alcance.

– ¿No pudimos haber salido en otro momento? – Katherine interrogó ciñéndose la túnica al cuerpo.

– No hagas esto más pesado – Aiden imploró entrecerrando los ojos para evitar que la arena entrara en ellos.

 

El fuerte viento hace casi imposible caminar en línea recta, la visibilidad se ha reducido y sólo se distinguen los objetos que se ubican a pocos metros de distancia de ellos.

– No se puede seguir así – Katherine expresó mientras utilizaba la túnica para tratar de controlar su pelo que se agitaba salvajemente.

– Déjamelo a mí – Aiden solicitó frenándose bruscamente para hacer fuerza y evitar que la corriente lo moviera.  

 

Inmediatamente, Aiden junta los dedos de sus manos formando un círculo, cierra los ojos y susurra; – tropterc – después, una esfera de energía empieza a formarse a su alrededor. A los poco segundos, se ha cerrado por completo.

– ¿Mejor? – Aiden preguntó orgulloso.

– ¿Por qué no hiciste eso antes? – Katherine cuestionó mientras veía cómo la arena chocaba y rodeaba el escudo invisible.

– Porque se me ocurrió en este momento – Aiden respondió levantando sus hombros –, pensé que estarías agradecida.

– ¡Lo estoy! – Katherine exclamó mientras continuaban caminando –, pero me hubiera gustado que hicieras algo para poder ver hacia dónde nos dirigimos.

– Pides mucho, por ahora, nos las tendremos que arreglar con lo que tenemos – Aiden aseguró visiblemente molesto –. Trata de no alejarte mucho de mí.

 

Katherine asienta con la cabeza mientras se acerca un poco más a Aiden. Los dos continúan caminando por el desierto, suben y, a veces, rodean las dunas que se encuentran en su camino. Al poco tiempo, recorren el resto del camino sin dificultades e interrupciones.

 

Finalmente, ante sus ojos aparece una casa de un solo piso construida de piedras y maderas. Aiden se pega contra la pared, hace desaparecer el escudo de energía que los protege y golpea la puerta esperando a que alguien pueda escucharlo.

– ¿Por qué hiciste desaparecer la esfera? – Katherine sondeó gritando sobre el estruendo que producía el viento –, ¿no podías esperar a entrar?

– ¿Qué dices? – Aiden gritó –, no te escucho.

 

Antes de que Katherine pudiese responder, la puerta de la casa se abre de golpe. Aiden entra en ella seguido por Katherine. Una vez adentro, cierran la puerta para evitar que entre más arena a la casa.

– Nunca había visto una tormenta igual a ésta – Katherine comentó sacudiéndose la arena que tenía encima.

– Esa es la razón por la que casi nadie vive fuera de las ciudades – Anya enfatizó.

Aiden y Katherine dan media vuelta a una velocidad sobrehumana con las armas en mano, listos para atacar.

– ¿De dónde saliste? – Aiden preguntó recuperándose del susto –, no te vimos en el camino.

– Vengo aquí cuando tengo que huir de la cólera del emperador – Anya confesó –, es mi escondite, muy pocas personas lo conocen.

– ¿Por qué necesitas un escondite? – Katherine curioseó mientras enfundaba sus dagas.

– Soy una prisionera del emperador – Anya reveló caminando hacia la puerta –. Fui tomada en una de las excursiones que hizo en Nogor. Los soldados del emperador mataron a mi familia y a mí me llevaron al palacio para servirle al rey.

– ¿Por qué no regresas a Nogor? – Aiden interrogó en lo que caminaba hacia una de las sillas que había dentro de la casa y se sentaba.

– Es prácticamente imposible cruzar el desierto solo – Anya remató asustada por la idea.

– ¿Te unirías a nosotros? – Katherine indagó –, de esa forma, podrías recorrer segura el desierto y escaparías del emperador.

– Lo siento, pero tengo otra cosa en mente – Anya confesó mientras ponía el seguro de la puerta –, no puedo dejarlos ir a Nogor y Glogor para sembrar el caos.

– ¿Qué estas haciendo? – Katherine expresó poniéndose en guardia.

– Anya, no te preocupes – Aiden dijo sereno –, no está en nuestros planes hacer lo que Orgon nos solicitó.

– Entonces, ¿a qué vinieron? – Anya increpó confundida.

– Fuimos contratados para cumplir la petición del emperador – Aiden empezó a contar –, y esa era nuestra intención hasta antes de conocer las intenciones de Orgon.

– ¿No haremos nada? – Katherine señaló.

– Para nada, Katherine – Aiden interrumpió –, ayudaremos a los necesitados.

– ¿Cómo planeas hacer eso? – Katherine continuó.

– Pondremos orden en las otras ciudades y quitaremos a Orgon del poder – Aiden declaró –, y para eso tendremos que viajar a Nogor y a Glogor.

– ¿De verdad harán eso? – Anya preguntó esperanzada.

– No sé si podamos hacer todo eso nosotros – Katherine exclamó –, pero lo intentaremos.

– Necesitaremos de tu ayuda, Anya – Aiden comentó –, ¿nos podrías guiar a tu ciudad?

– No vamos a salir ahorita, ¿verdad? – Katherine sondeó.

– No – Anya respondió tajantemente –, esperaremos a que pase la tormenta.

– Mientras tanto, cuéntanos un poco sobre ti, Anya – Aiden propuso.

 

Anya se sienta en la pequeña cama que se encuentra en un rincón del refugio, dejando un par de sillas para que Aiden y Katherine las ocupen. En ese breve momento, una fuerte oleada de viento hace que la puerta se abra de golpe. Aiden da dos grandes zancadas y llega hasta la puerta, cerrándola. Antes de atrancarla, alcanza a ver a dos personas caminar entre la tormenta.

– ¿Quién más conoce este lugar? – Aiden preguntó una vez que la tranquilidad había regresado.

– No es un lugar escondido – Anya respondió levantando los hombros –, cualquiera que pase por aquí, puede utilizarla para resguardarse de las tormentas. De hecho, existen varias guaridas de este tipo en este reino.

– Eso está bien – Katherine completó mientras tomaba asiento.

– ¿Cuántos años llevas bajo las órdenes de Orgon? – Aiden preguntó mientras se posicionaba a un lado de Katherine.

– Ya llevo ocho años con él – Anya respondió moviéndose incómoda en la silla.

– ¡Pero si no has de tener más de quince años! – Katherine exclamó sorprendida –, ¿cómo es que nadie ha hecho algo al respecto?

– Tengo dieciséis años – Anya enfatizó molesta –, y sí, sí hemos intentado escapar un sinfín de ocasiones e incluso hemos organizado una pequeña rebelión, pero el emperador Orgon tiene un gran y poderoso ejército, y sus guardias personales son de los más sanguinarios que hay. Son personas que disfrutan al provocar dolor y sufrimiento.

– Cuéntanos tu historia – Aiden repitió en tono amable.

– No sé por qué tienes tantas ganas de saber sobre mi vida – Anya se quejó –. Pero ya que insistes tanto, se las contaré. No esperen algo interesante ni entretenido.

– Todas las historias son interesantes – Aiden animó –, puedes aprender una valiosa lección de ellas.

– Todo empezó unos días después de mi octavo cumpleaños, lo recuerdo a la perfección – Anya comenzó a contar más animada –, ayudaba a mi papá en nuestra granja, que se encontraba en las afueras de la ciudad. Mi familia siempre se había dedicado al campo: mi papá, con ayuda de mis dos hermanos, trabajaban y cosechaban diferentes tipos de alimentos; y mi mamá y yo nos encargábamos de venderlas en el pequeño mercado. No nos iba muy bien, pero teníamos un techo para dormir y comida en nuestros platos.

 

En ese entonces, era temporada de nuevas cosechas por lo que todos ayudábamos a plantar. Ya estábamos cerca de terminar nuestras tareas, cuando de pronto se escuchó un silbido que atravesaba el aire; al final, una flecha cayó entre mi hermano mayor y mi papá. Asustados, levantamos la vista y vimos a los guardias de Orgon correr hacia nosotros. Mis hermanos y mi papá tomaron los utensilios de la granja para usarlos como armas y nos indicaron a mi mamá y a mí que corriéramos hacia la ciudad. Pero la guadaña, el rastrillo y la pala no fueron rivales frente a las afiladas y resistentes espadas del rey.

 

Aiden y Katherine asientan en silencio para no interrumpir el relato de Anya. Ella hace una pequeña pausa para ordenar sus ideas y, después de un suspiro, continúa con su relato.

– Mi mamá me advirtió que a pesar de lo que escuchara no volteara, y yo la obedecí. Pude escuchar risas, gritos, golpes y que muchas personas intentaban huir. Eso me dio a entender que mis hermanos y mi papá habían caído, y los soldados no tardaron mucho en alcanzarnos. Yo sólo sentí que nos rodeaban y, lo último que escuché fue a mi mamá gritar hasta que sentí un fuerte golpe en la cabeza. Después de eso se nubló mi vista y desperté en un cuarto desconocido para mí. A partir de ese momento, comencé a trabajar para el emperador.

 

– Lo siento mucho – Katherine enunció después de que Anya terminó de contar su historia.

– Lo que deseo es regresar a mi hogar y averiguar qué fue lo que le pasó a mi mamá – Anya dijo con los ojos llorosos.

Aiden la observa como realmente es, una niña que ha pasado por cosas que nadie debe experimentar, alejada de su familia a una muy temprana edad; por eso, se jura a sí mismo que, sin importar lo que cueste, ayudará a Anya a encontrar a quien quede de su familia y hará pagar al emperador.

– Como dije, es una historia interesante – Aiden concluyó –, interesante pero llena de sufrimiento.

 

Anya asienta, se limpia las pocas lágrimas que ha derramado y voltea hacia la ventana tratando de ocultar su tristeza.

– Ya podemos salir de aquí – Anya comentó sorbiéndose los mocos –, la tormenta está pasando.

– ¿Conoces el camino? – Aiden sondeó –, nosotros estudiamos los mapas y tenemos una idea vaga del terreno, pero es mejor contar con alguien que esté familiarizado con él.

– No soy una experta, pero haré mi mayor esfuerzo – Anya respondió.

– Estoy segura de que entre los tres llegaremos sin problema a Nogor – Aiden comentó sonriendo mientras caminaba hacia la puerta –. Propongo que salgamos ahora.

 

Aiden abre la puerta para que Anya pueda salir, seguida por Katherine. Al final, Aiden sale y parten del refugio.

– Lo que yo haría, sería caminar hacia el norte hasta dar con Nogor – Aiden espetó mientras tapaba el Sol con una mano y escudriñaba el horizonte.

– La mejor opción sería encontrar el río Tlonc y caminar corriente arriba hasta llegar a las dos ciudades – Anya contó mientras emprendía el paso hacia el este.

– Poniéndolo de esa manera, no veo mayor complicación – Aiden expresó sonriendo.

– ¿Qué peligros nos podemos encontrar? – Katherine cuestionó mientras caminaba atrás de Anya.

– Los bandidos y los saqueadores son los más peligrosos – Anya declaró sin mirarla –, ellos tienen un campamento a las orillas del río. Animales salvajes no hay muchos, pero siempre hay riesgo de encontrarnos con algunos sancrens y con uno que otro tortfeyo.

– ¿Sancrens? ¿Tortfeyo? – Katherine interrumpió volteando a ver a Aiden.

– Tú conoces a los sancrens bajo el nombre de alacrán – Aiden respondió rápidamente –, sólo que aquí son de color verde oscuro y los tortfeyo son tortugas gigantes de un color entre rojo y anaranjado y lanzan bolas de fuego por la boca.

– Por lo visto nos espera un viaje tranquilo – Katherine añadió sonriendo.

– ¿No les preocupan los bandidos? – Anya averiguó temerosa.

– Me preocupa más la tortuga gigante que escupe fuego – Katherine exclamó divertida –, los humanos son predecibles.

– No tienes que preocuparte por nada – Aiden agregó –, nosotros te protegeremos.

– ¿Qué tan lejos pueden escupir su fuego? – Katherine preguntó empecinada en platicar sobre ese tema.

– Cerca de quince metros – Anya respondió.

– ¡Quince metros! – Katherine exclamó frenando en seco –, y ¿lo que te preocupa son unos saqueadores?

– Los tortfeyo no atacan, si no son provocados – Anya dijo sin retractarse –. Por el contrario, los saqueadores viven de atacar a los ciudadanos indefensos y quedarse con sus posesiones.

– Los miedos se crean con base en las experiencias y creencias de cada persona – Aiden comentó.

– ¡Yo no le tengo miedo al fuego ni a unas tortugas gigantes! – Katherine soltó rápidamente –, lo que pasa es que una criatura de esta índole me parece fascinante y me gustaría verla.

– Si tenemos algo de suerte, podremos encontrarnos con alguna en el camino – Anya concluyó –. Por lo pronto, hemos avanzado bastante y ya nos encontramos cerca del río.

– ¡Tienes razón! – Aiden exclamó sorprendido –, si ponen atención se alcanza a escuchar.

Katherine agudiza el odio y alcanza a percibir el suave sonido que produce el agua del río, corriendo incansablemente hacia el sur de Noliac. Muy pronto, los tres avanzan por el gran desierto y rodean las grandes dunas que hay en su camino.

– No nos vendría mal un poco de aire – Katherine se quejó mientras se secaba el sudor que le caía en el rostro.

– ¿Quién te entiende? – Aiden preguntó riendo –, ¡antes te quejabas de eso!

– Tampoco es que quiera otra tormenta como la de antes – Katherine explicó en lo que tomaba su cantimplora y le daba un trago –. ¡Pero caminar bajo estos rayos del sol! No creo que sea bueno para nadie, la verdad.

– ¡Ahí está el río! – Anya interrumpió señalando hacia el noreste –, llegaremos a él en unos minutos.

– Cómo tengo ganas de entrar en él y refrescarme – Katherine aseguró después de ver hacia donde Anya señalaba.

– No te recomiendo mucho hacerlo – Anya comentó rápidamente –, en estos ríos puedes encontrar varias narpas.

– ¿Narpas? – Katherine preguntó decepcionada –, y ¿esos qué son?

– ¿Cómo puedo describirlas? – se preguntó Aiden a sí mismo –. Son unos seres acuáticos, semi-transparentes y planos, parecidos a las rayas.

– Lo que los hace peligrosos es que en la parte inferior de su cuerpo tienen miles de pequeñas bocas repletas de dientes que se entierran en la piel. Una narpa en solitario no es peligrosa, pero la saliva de esa criatura atrae a otras – Aiden explicó.

– Ya veo – Katherine interrumpió haciendo una mueca de desagrado –. No digas más, ya se me quitaron las ganas de refrescarme… Gracias.

 

Aiden se acerca a la orilla del río y sin meter los pies se asoma intentando ver alguno de esos animales, pero no obtiene éxito. Después de esa pequeña pausa, los tres continúan caminando río arriba en silencio.

 

Los minutos pasan y la ciudad no aparece ante sus ojos, el camino más bien monótono los está cansando; de repente, una fuerte explosión hace que los tres se sobresalten. Anya y Katherine se avientan al piso siguiendo su instinto y Aiden, desconcertado, trata de descubrir qué fue lo que produjo ese sonido.

– Parece que no nos tendremos que preocupar mucho por los saqueadores – Aiden pronunció tranquilo.

– ¿Por qué dices eso? –  Katherine preguntó mientras se levantaba y se sacudía la arena de la ropa.

– Katherine, vas a poder ver un tortfeyo de cerca – Aiden anunció señalando hacia el norte.

 

Anya y Katherine voltean a ver hacia donde apunta el dedo de Aiden y a la distancia ven a un gran tortfeyo rodeado por catorce personas. No se alcanza a apreciar mucho más ya que se encuentran a una gran distancia.

– ¡Tenemos que ayudar! –  Katherine enunció mientras empezaba a correr hacia la batalla.

– ¿Va a ayudar a los saqueadores? – Anya preguntó asombrada.

– Conozco demasiado bien a Katherine – Aiden contestó mientras desenfundaba su espada que colgaba del cinto –, ella se enfrentará a todos los saqueadores para salvar a ese animal.

– Pero, ¡el tortfeyo no necesita ayuda! – Anya exclamó asustada –, ¡son prácticamente indestructibles!

 

Sin embargo, la advertencia de Anya cae en oídos sordos puesto que Aiden corre tras Katherine. Mientras tanto, ella, ya se encuentra a pocos metros de los saqueadores, quienes, están muy ocupados luchando contra el gran enemigo.

Al momento en el que Katherine llega al lugar de la lucha, otra fuerte explosión cercana ocasiona que pierda el equilibrio y, de nuevo,  termine en el piso.

– Ya no estoy tan segura de haber tomado la decisión acertada al venir a ayudar – Katherine se dijo a sí misma tratando de incorporarse.

– ¿Quién eres tú? – un saqueador que tenía cerca preguntó sin apartar la vista de la magnífica bestia.

– Una desconocida que trata de ayudar – ella remató –, pero por lo visto mi ayuda no es necesaria.

– ¿Que no es necesaria? – el ladrón preguntó atónito –. El tortfeyo está acabando con nosotros. Mira, te propongo algo: si nos ayudas, te daremos una porción de la recompensa que obtengamos por él.

– No venía a ayudarlos a ustedes – Katherine declaró asqueada –, me interesa más el pobre animal.

– ¡Vaya! – el saqueador exclamó pasmado mientras hacía girar su espada y apuntaba al pecho de Katherine –, entonces, no nos dejas más remedio que enfrentarnos contigo también. ¡Compañeros, tenemos una nueva integrante! Démosle la bienvenida.

 

Katherine contempla cómo los bandidos voltean la cabeza hacia donde ella está y esbozan una gran sonrisa. Ella, sin preocupación alguna, toma las dagas que siempre tiene atadas a su espalda y asume una posición defensiva. Por escasos segundos, la batalla se congela, Katherine mantiene la misma posición y mira a cada uno de los bandidos. Éstos a su vez empiezan a caminar hacia Katherine, ignorando por completo al tortfeyo. El primero en atacar es el saqueador con el que ha cruzado una serie de palabras. Él ataca con su espada, un típico golpe lateral que Katherine detiene con el filo de una de sus dagas sin esfuerzo.

– Tendrás que hacerlo mucho mejor que eso – Katherine retó a su contrincante.

– No me digas qué es lo que tengo que hacer – el atacante gruñó dando un par de pasos hacia atrás.

 

Katherine se prepara para atacarlo, pero siente un fuerte empujón que hace que salga volando unos metros fuera de la batalla. Segundos después, una enorme bola de fuego aterriza en el lugar en el que ella se encontraba, calcinando al saqueador en unos instantes.

– Nunca dejes de estar atenta a lo que te rodea – Aiden sermoneó mientras le tendía una mano.

– ¿Qué fue lo que sucedió? – Katherine indagó adolorida.

– Tuve que sacarte de ahí – Aiden contestó –, si no, hubieras terminado como tu nuevo amigo.

– Sabes, estoy empezando a cansarme de la arena – Katherine comentó quitándose la arena de su ropa por tercera ocasión.

– Creo que lo mejor será continuar con nuestro camino – Aiden solicitó viendo como los saqueadores que quedaban huían.

 

Aiden y Katherine esperan estáticos a que su guía llegue, sin quitarle los ojos de encima al tortfeyo.

– Les dije que esa criatura no necesitaba ayuda – Anya los reprendió mientras el tortfeyo daba una vuelta extremadamente lenta y continuaba su camino hacia el sur.

– Lo siento, Anya – se disculpó Aiden mientras lanzaba una mirada acusadora a Katherine –, para la próxima te obedeceremos.

Anya asienta con la cabeza y sin mediar palabra, emprende el camino hacia el norte, teniendo siempre el río Tlonc a su derecha.

Los tres continúan con su camino; el paisaje resulta monótono y la arena se cuela en sus zapatos, lo que hace molesto tener que caminar. Pasan varios minutos en silencio y bajo los incesantes y poderosos rayos del sol.

– ¿Por qué nada puede ser normal en este mundo? – Katherine exclamó viendo con lástima el río –. Daría todo por poderme meter en el agua y nadar un rato.

– ¿Qué es eso que se ve a lo lejos? – Aiden indagó ignorando el comentario de su compañera.

– ¡Tienes muy buena vista! – Anya expresó admirada –, lo que ves al fondo son las ciudades de Glogor y Nogor. Ya no estamos lejos.

 

De la nada, el camino empieza a cambiar y lo liso del desierto queda atrás, dando lugar a un largo trecho repleto de dunas, lo que hace el caminar más lento y pesado para ellos. Después de haber subido y bajado cerca de una veintena de arenales, los tres hacen una pequeña pausa en la cima de una de las dunas más grandes para observar las pequeñas ciudades. La imagen que ofrece es muy diferente a la de Tlogor, en este caso, la pobreza ocupa gran parte de Glogor y Nogor: se observan casas en ruinas, granjas abandonadas y a muy pocas personas en las calles.

 

– Esa es mi ciudad – Anya comentó mirando fijamente hacía una casa en particular –. No es la gran cosa, pero nos pertenece.

 

Después de ese comentario, los tres emprenden el camino hacia la ciudad. Finalmente, han llegado a su destino.

 

Aquellas ciudades no tienen murallas que las rodeen y están construidas sin un orden aparente. Predomina el color café claro, ya que la mayoría de las viviendas están construidas con materiales de esa gama. Los principales trabajos de los pobladores de esas ciudades son la pesca y la venta de animales del río. Lo que más se observa en las calles son los pequeños locales que ofrecen la pesca del día en los que ofrecen diferentes tipos de pescados. En algunas tiendas se vende sopa de pescado y, en otras, ungüentos provenientes de las grasas de ciertos animales.

 

– Como pueden ver, la pesca es una actividad clave para la supervivencia de las ciudades – Anya explicó mientras se desplazaban por las semidesiertas calles de Nogor –, ésa es la razón por la que siempre hay conflictos con Glogor.

– Nos mencionaste que la gente también trabajaba en granjas – Aiden expresó mirando a su alrededor –, ¿ya no cuentan con ellas?

– El clima ha empeorado bastante – Anya respondió sin detenerse –, antes era difícil lograr que creciera algo; ahora es prácticamente imposible. Las personas al darse cuenta de eso han abandonado las granjas y han optado por pescar.

– ¿Eso no es malo también? – Katherine preguntó –, ¿qué harán si acaban con los peces?

– Nos enfrentaremos a ese problema una vez que lleguemos a él – Anya contestó frenándose frente a una de las mejores moradas de la ciudad –. Aquí vive Yolnco el rey de Nogor.

 

Anya da tres fuertes golpes a la puerta e, inmediatamente después, la puerta se abre, revelando a una persona de poca estatura y extremadamente flaca.

– ¿Quiénes son ustedes? – preguntó con una voz rasposa.

– ¿No me reconoces, Volto? – Anya dijo sonriendo.

– ¿Anya?, ¿eres tú? – Volto replicó sorprendido –. Has cambiado bastante desde la última vez que te vi.

– Necesito hablar con Yolnco – Anya interrumpió rápidamente –, las personas que me acompañan tienen información importante que transmitirle.

– Adelante, adelante – Volto exclamó alegre –. El rey se encuentra en el comedor, ¿hay algo más en lo que los pueda apoyar?

– Gracias, Volto – Anya respondió –, eso sería todo.

 

Los tres atraviesan las puertas de la casa y entran a un lugar austero y poco iluminado. En el piso hay una alfombra gastada y no se escucha ni un solo ruido. Anya camina sobre el tapete hacia la puerta del fondo, pasan por una escalera sin barandal y un par de puertas cerradas hasta llegar al final del pasillo, en donde se encuentra una puerta abierta y un fuerte olor a pescado sale de ella. Ya en la entrada, hacen una pequeña pausa a manera de respeto. El rey levanta la vista de su plato y mira fijamente a las personas que acaban de ingresar al comedor.

 

El rey tiene una larga cabellera plateada atada en una elegante cola de caballo, viste una sencilla toga negra y no porta ni una sola joya que adorne su cuerpo; sin apartar la vista de ellos, coloca los cubiertos de madera sobre la mesa y se levanta. La túnica llega hasta el piso, cubriéndole los pies. Con una mano les hace una seña a los presentes para que se acerquen.

Anya camina hacia el rey, seguida por Aiden y Katherine. Una vez frente a él, los tres se hincan al mismo tiempo y esperan a que el rey les dé permiso de incorporarse.

– ¿Qué los trae a mi hogar? – el rey expresó por primera vez con voz profunda –. Ya pueden levantarse.

– Estas personas quieren hablar contigo – Anya afirmó mientras se ponía de pie.

– Su majestad – Aiden empezó –, venimos desde la ciudad de Tlogor donde nos reunimos con Orgon quien nos encomendó la misión de sabotear sus guarniciones para poder mantenerlos lejos de su pueblo.

– El rey Orgon quiere que continuemos peleando contra nuestros vecinos – el rey Yolnco resumió –, y de esa manera dejarlo en paz a él.

– Lo que nos gustaría hacer es proponerle otra idea – Aiden interrumpió –, pero para eso necesito concretar una junta con el gobernante de Glogor.

– Lo que me pides es algo imposible – el rey comentó tajante.

– Lo que estoy pidiendo es algo que beneficiaría a sus reinos – Aiden insistió –, mande a un mensajero con una carta que tenga el sello real: el peor intento es el que no se hace.

– ¿Qué sugieres que diga el mensaje? – el rey cuestionó mientras que con su mano derecha le ordenaba a una persona de su sequito que fuera a buscar algo de papel y tinta.

– Invítelo a una reunión urgente o indispensable para dialogar sobre las condiciones de paz y un nuevo tratado –. En este encuentro estaremos presentes nosotros tres, nadie más – Aiden dijo.

– Desde que era un pequeño las dos ciudades han estado en guerra – Yolnco relató mientras redactaba la carta –, no puedo imaginarme cómo sería vivir en armonía con Glogor.

– Valdrá la pena intentarlo – Katherine añadió.

– Antes de cerrarla, permítame marcar la hoja con mi sello – Aiden solicitó al ver que el rey terminaba de escribir y se disponía a doblar la carta.

 

El rey extiende el brazo para darle la misiva y Aiden la sujeta rápidamente con las manos firmes. Sin pensarlo dos veces, derrite un pedazo de cera color ámbar que hay sobre la mesa y, antes de que se solidifique, saca un anillo de uno de sus bolsos, se lo coloca con cuidado y lo presiona sobre la cera, estampando un símbolo raro.

– ¡Listo! – Aiden comentó mientras le regresaba el papel al rey –, con esto sabrán que la situación es seria.

El rey voltea a ver la hoja y descubre un pequeño símbolo extraño.

– ¡No puedo creer lo que estoy viendo! – el rey exclamó atónito –. ¿Ustedes? ¡Pero si apenas son unos niños!

– Nos veremos jóvenes, su majestad, pero le aseguro que no lo somos – Aiden expresó sonriendo.

– Ya no tengo duda; con ustedes aquí, el rey Roldo no dudará en venir para la reunión – Yolnco expresó mientras cerraba la carta y estampaba el emblema de la ciudad –. ¿Tienen dónde pasar la noche? Porque les puedo ofrecer una de mis habitaciones.

 – No será necesario. Se me acaba de ocurrir que nosotros podemos ser quienes le entreguemos la carta al rey Roldo – Aiden aseguró extendiendo la mano para tomar el papel.

– Ese no es un trabajo digno de ustedes – el rey aseveró –, cualquier persona lo podría realizar.

– Prefiero manejar este asunto con la máxima discreción posible – Aiden recalcó tratando de convencer el rey –. Me sentiría más tranquilo si lo hiciéramos nosotros.

– Yo no soy nadie para negarles una petición – el rey respondió cediendo –, les deseo un buen camino y que tengan éxito.

– Muchas gracias, su majestad – Aiden comentó mientras tomaba el papel. Regresaremos en un par de días.

 

Después de eso, los tres parten del comedor y caminan en silencio hacia la salida de la casa. Una vez fuera, se detienen y Aiden voltea a ver a los ojos de Anya.

– ¿Qué fue lo que acaba de pasar? – Anya preguntó confundida –, ¿por qué el rey reaccionó de esa manera?

– Te agradezco la ayuda que nos has brindado – Aiden reiteró ignorando las preguntas de Anya.

– Si podemos hacer algo por ti, no dudes en avisarnos – Katherine sentenció.

– ¿Me dejarán así? – Anya interrogó decepcionada.

– Tenemos algo importante entre manos – Aiden respondió –. Al final, si todo sale bien, podremos hablar tranquilos.

– ¿Tienes algún lugar en el que puedas permanecer? – Katherine preguntó.

– Puedo quedarme con Volto y ayudar al rey – Anya contestó de manera contundente.

– Me parece buena idea – Aiden confirmó antes de dar media vuelta –, nos veremos al regresar.

 

Anya, sin mediar palabra, da media vuelta y entra de nuevo en la casa del rey. Pasan algunos segundos y Katherine voltea a ver a Aiden.

– ¿No nos podía acompañar? – Katherine sondeó mientras seguía a Aiden por las calles de la ciudad.

– Siento que caminamos hacia un peligro inminente – Aiden confesó con un susurro que apenas pudo escuchar Katherine.

– Yo no presiento nada – Katherine espetó.

– De todas maneras, te recomiendo que estés en guardia y atenta a cualquier situación a partir de ahora – Aiden sugirió.

– No veo cómo esto pudiera complicarse tanto – Katherine reclamó –, sólo tenemos que entregar una carta.

– Espero tengas razón, Katherine – Aiden comentó –, nada me gustaría menos que fallar con esto.

Los dos continúan caminando en silencio a través de las descuidadas calles de la ciudad. Durante esa hora, las personas ya comienzan a abrir sus locales y un fuerte olor a pescado inunda el lugar. Los vendedores gritan tratando de atraer a los posibles clientes que deambulan por las calles.

– ¡Lleve un rico pescado! – un comerciante gritó.

– ¡Pescado fresco, lleve su pescado fresco! – una mujer que ayudaba a su esposo a la venta voceó.

– ¿Le gustaría probar alguna de las cremas rejuvenecedoras? – un joven que tenía una charola en la mano acercándose por la espalda de Aiden preguntó.

 

Por arte de magia una espada se materializa en la mano de Aiden y, en fracción de segundos, el filo descansa sobre el cuello del vendedor. La gente que presencia esta acción guarda silencio de golpe y se queda inmóvil.

– ¡Por favor, no me mate! – el joven suplicó con voz entrecortada.

– Aiden, retira tu espada – Katherine apremió viendo como los presentes clavaban su mirada en ellos.

Él, al percatarse de lo que ha hecho, retira inmediatamente la espada y la hace desaparecer. Le estrecha la mano al joven que acaba de amenazar y le pone una moneda de oro en su otra mano.

– Por las molestias – Aiden dijo disculpándose –. Ojalá cubra los daños que ocasioné.

– Sí, sí – el joven exclamó aún confundido mientras sopesaba la moneda –, con esto está bien.

Aiden continúa avergonzado con su camino, evitando mirar a las personas que se apartan asustadas de él.

– Sé que dijiste que tenemos que estar en guardia, pero yo creo que estás exagerando – Katherine comentó con una mueca.

– No es momento de hacer esos comentarios – Aiden externó mientras apretaba el paso –, terminemos con esto de una vez.

 

Ya es de noche cuando Katherine y Aiden han salido de la calle principal; entran a una serie de calles secundarias que se encuentran aún en peor estado: hay montones de basura acumulándose, ratas corriendo libremente de un lado para el otro y un tufo a descomposición.

– ¿Sabes hacia dónde estamos yendo? – Katherine averiguó con cara de asco.

– Ya no estamos lejos – Aiden respondió –, quise evitar tomar las calles principales de la ciudad para no llamar más la atención.

 

Katherine intenta decir algo más, pero un sujeto ataviado completamente de negro aparece detrás de ellos; la noche le da un aspecto tenebroso a aquella persona. Antes de que algo más ocurra, la espada de Aiden vuelve a aparecer en su mano.

– Sabía que algo no iba bien – Aiden comentó mientras se preparaba para luchar –. ¿Qué haces aquí?

– Mi trabajo – aquella persona con voz gélida respondió –. Por desgracia, ustedes dos no paran de entrometerse.

– ¡Ethan! – Katherine espetó visiblemente miedosa.

– Me da gusto verte de nuevo, Katherine – Ethan comentó sarcástico –. Qué raro que Diego no esté con ustedes.

– ¿Cuál es tu trabajo? – Aiden preguntó sin bajar la espada.

– Tengo que hacer lo que ustedes no son capaces – Ethan explicó –, Orgon vio su debilidad por la humanidad y me contactó para asegurarme de que el trabajo se hiciera.

– ¡Mira a esta gente! – Aiden explotó abriendo sus brazos –, casi no tienen nada y el rey Orgon quiere que continúen viviendo entre la basura para que a él lo dejen en paz.

– A mí me reveló sus verdaderos planes – Ethan aseguró sonriendo.

– ¿Sus planes involucran terminar con nuestra vida? – Katherine sondeó mientras desenfundaba sus dagas.

– Por desgracia, no. Tengo pendientes más importantes que hacer – Ethan aseguró dando media vuelta y desapareciendo de su vista –. Por su bien, espero que no estén cerca cuando mi plan entre en acción.

– ¿Qué haremos ahora? – Katherine preguntó sin guardar sus dagas.

– Esperaremos en la ciudad a que Ethan decida poner en marcha lo que tiene planeado hacer – Aiden contestó apresuradamente –. Lo de la carta puede esperar.

– Me parece bien – Katherine enfatizó un poco más tranquila –, ¡pero podemos salir de estas calles, por favor!

– ¡Por supuesto! – Aiden exclamó mientras hacía desaparecer su espada –, regresemos a casa del rey y avisémosle del cambio de planes.

– Anya puede ser la que lleve el mensaje a la otra ciudad – Katherine propuso mientras caminaban de regreso.

 

Por segunda vez en un corto periodo de tiempo, Katherine y Aiden recorren las poco pobladas calles de la ciudad; la misma gente sigue vendiendo los pescados y guarda silencio cuando pasan frente a sus puestos.

– Estos pobladores no pueden aceptar un simple error – Aiden comentó en voz baja.

– Eso pasa cuando amenazas a un simple vendedor con una espada – Katherine bromeó –, y más cuando la espada aparece de la nada.

 

Una bola gigante de fuego atraviesa el aire iluminando brevemente a la ciudad. Todos levantan la mirada asustados, pero al ver que no impacta en donde están, reanudan con sus actividades.

– No sabía que los tortfeyo pudieran lanzar sus proyectiles tan lejos – Katherine señaló.

De pronto, otra gigante bola de fuego hace impacto con una de las viviendas de la ciudad, derribándola de inmediato y soltando una fuerte llamarada. Al ver eso los pobladores de la ciudad empiezan a correr hacia la casa, tratando de apagar el fuego con las cubetas de agua que tienen cerca.

– Eso no es un tortfeyo – Aiden gritó corriendo hacia el incendio –, ¡aléjense de las casas!

Instantes después, otro proyectil cae a la mitad de la calle lo que causa una fuerte explosión y varias personas lastimadas y otras más quemadas.

– ¡Tenemos que hacer algo! – Katherine suplicó desesperada viendo a la gente correr por las calles.

– Organiza a las personas, necesito sacarlas de la ciudad y alejarlas de las explosiones – Aiden instó rápidamente –. Yo me encargaré de los incendios.

– ¿Qué hago yo? – el rey que había salido de su casa para unirse a los demás interfirió –. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi pueblo sufre.

–¿Puede guiar a su pueblo a un lugar más seguro? – Katherine le inquirió –, seguro conoce la región mejor que yo y, de esa manera, puedo auxiliar a Aiden a controlar el fuego.

 

Otra gran bola de fuego hace explosión a escasos metros de donde ellos se encuentran, ocasionando que la fuerte onda los vuele. Aiden es el primero en levantarse cuando ve que Katherine tiene un gran corte en la frente del cual sale una cantidad peligrosa de sangre. Sin perder un segundo, se hinca a su lado, coloca las manos sobre la herida y susurra unas palabras que son apagadas por los gritos de las personas. Un breve destello de luz desprende de las manos de Aiden y la herida de Katherine empieza a sanarse. Voltea a ver al rey y, para su alivio, alcanza a ver que está incorporándose.

– ¡Necesito que saque a las personas de aquí! – Aiden apremió –, antes de que sea demasiado tarde.

El rey aún aturdido, asiente lentamente con la cabeza, da media vuelta y trata de reunir a las personas a su alrededor. Cuando tiene con él a un grupo numeroso de personas emprende su apresurada marcha hacia las afueras de la ciudad.

– ¡Vamos, Katherine! – Aiden suplicó –, necesito que despiertes, necesito de tu ayuda.

 

Una quinta bola de fuego hace impacto en otras casas derribándolas por completo y expandiendo las llamas. Aiden, viendo que Katherine no despierta, decide tomar el control. Se levanta y se para firmemente en el suelo, sintiendo el calor que proviene de las llamas, que con el paso del tiempo crecen. Aiden extiende las dos manos, cierra los ojos y grita – ¡remtar! – una suave brisa de aire rodea el cuerpo de Aiden. Poco a poco, las llamas que tiene más cerca descienden su intensidad hasta casi apagarse por completo.

 

Aiden abre los ojos, agotado deja caer los brazos y siente como una gota de sudor le empieza a caer por la cara. Hace acopio de sus fuerzas, levanta por segunda ocasión sus brazos y se prepara para repetir el hechizo; no obstante, una sexta bola de fuego explota a escasos centímetros de él y es expulsado nuevamente por una onda lo que provoca que caiga golpeado a varios metros de distancia. 

 

La cercanía de la explosión le ha causado quemaduras en los brazos y en las piernas. Fatigado, voltea a ver hacia donde Katherine se encuentra, pero entre las llamas aparece Ethan con una sonrisa tenebrosa.

– Les advertí que esto iba a pasar. Tuvieron una oportunidad de irse, pero decidieron quedarse – Ethan explicó mientras desenfundaba su espada –. Ahora sufrirán las consecuencias.

Aiden intenta incorporarse, pero el ardor de sus quemaduras y el dolor de sus golpes son insoportables, por lo que se deja caer de nuevo. Alcanza a ver la figura de Ethan corriendo hacia él con la espada, listo para atacar. A mitad del camino, Katherine aparece con sus dagas en las manos y una mirada salvaje.

– No des un paso más – Katherine amenazó interponiéndose entre Ethan y Aiden –, si quieres llegar a él tendrás que pasar por mí primero.

– Será un placer – Ethan sonrió frenándose en seco.

 

Otra fuerte explosión se escucha a la distancia, pero ni Katherine ni Ethan desvían la mirada y continúan frente a frente. Ethan es el primero en atacar, soltando una estocada que Katherine esquiva con una de sus dagas.

– Nada mal, nada mal – Ethan expresó –, estás aprendiendo rápido.

Katherine embiste con sus dagas un ataque tras otro, moviéndolas como si fueran una extensión de su cuerpo. Para su sorpresa, Ethan elude todos sus ataques sin siquiera utilizar su espada.

– Aún te falta velocidad – Ethan señaló.

Antes de que Katherine pudiera responder, Ethan da un paso hacia adelante a una velocidad increíble, da medio paso hacia la izquierda y ve como Katherine sujeta las armas para bloquearlo de nuevo; sin embargo, en el último instante gira hacia la derecha blandiendo la espada y produciendo un largo corte en la espalda de Katherine.

Ella suelta un fuerte grito de odio, voltea rápidamente con las dagas en alto y ve que Ethan está parado revelando una gran sonrisa. Katherine decide atacar de nuevo, pero Ethan detiene las dagas sin mayor esfuerzo.

 

Ethan saca un pequeño cuchillo que tiene atado a la cintura y, aprovechando que Katherine está situada a escasos centímetros, lo blande hacia ella haciéndole un corte en la cara; de inmediato, Katherine siente como se abre su piel y comienza a brotar la sangre. Ella da un paso hacia atrás para alejarse de su enemigo y acercarse a Aiden.

– ¡No podrán ganarme! – Ethan exclamó sin si quiera sudar.

Los ejércitos de Orgon están rodeando las ciudades y terminando con la vida de las personas que intentan huir; están presenciando el final de Glogor y Nogor.

 

Se hace una pequeña pausa en la pelea y Katherine alcanza a escuchar a la distancia los gritos de las personas que mueren una por una bajo las órdenes de Orgon.

– Esto no terminará así – Katherine aseguró gritando mientras una lágrima se mezclaba con la sangre de su mejilla.

– Yo sé que no – Ethan respondió caminando hacia ella con la espada en alto –, y cuenta con ello.

 

Antes de que Ethan pudiera llegar al lugar en el que se encontraban, Katherine carga a su amigo que sigue tirado en el piso perdiendo la consciencia momentáneamente a causa del dolor. Katherine echa un último vistazo a la ciudad que intenta resguardar y la ve en ruinas e incendiándose. Con el dolor que siente, crea un portal y lo atraviesan… huyendo de Noliac.

 

FIN

La Huida de Noliac Cuento Completo © Diego Diz Rodríguez

Todos los derechos reservados