Aiden y Katherine se encuentran en una habitación poco iluminada; ella tiene un mapa entre las manos y él la observa en silencio. La luz proviene de un candelabro que cuelga del techo. En el cuarto están distribuidas dos camas y un pequeño mueble de madera entre ellas.

 

– ¿A qué hora se cena en este lugar? – Katherine inquirió sin dejar de observar el mapa.

– Cuando el emperador nos mande llamar – Aiden contestó en voz baja –, ¿qué plan de acción propones?

– Podemos dirigirnos hacia el oeste y entrar primero a Nogor – Katherine comenzó a explicar mientras trazaba una ruta imaginaria con su dedo en el mapa –, una vez terminado nuestro trabajo en esa ciudad, cruzamos el río y entramos a Glogor.

– De esa forma evitamos atravesar el campamento de saqueadores – Aiden prosiguió analizando el plano –. La ruta es más larga, pero creo que será mejor así.

– ¿Qué hacemos una vez dentro de la ciudad? – Katherine interrumpió.

– El emperador nos tiene que proporcionar mapas detallados de esas ciudades para poder movernos sin problema –.

– ¿Y qué espera? – Katherine preguntó de malas –, nos pide esperar para asistir a una cena innecesaria, y nos hace perder el tiempo al no darnos el material completo.

 

Antes de que Aiden pudiese responder, se escuchan unos golpes en la puerta de la habitación; Katherine se levanta de un salto de la cama y corre para abrir. Al hacerlo ve a dos guardias armados parados en el pasillo.

– El emperador los espera – uno de los guardias expresó –, síganme.

 

Los guardias empiezan a caminar velozmente por los pasillos del palacio, los recorren sin titubear y sin siquiera voltear para cerciorarse de que los invitados los sigan. Después de pasar por varios corredores vacíos, bajar unas escaleras en caracol y atravesar una gran puerta de madera, llegan al amplio comedor. Todos los presentes guardan silencio y voltean hacia la puerta, viendo a la pareja que acaba de entrar.

 

Katherine y Aiden se quedan parados bajo el marco de la puerta analizando su entorno. Es un gran salón en el que están acomodadas tres mesas largas repletas de personas, todas vestidas con sus ropas más elegantes; algunas tienen una copa plateada en la mano; y otros pedazos de carne en sus platos. Al fondo del salón hay una mesa más pequeña, cubierta por un mantel elegante, con vajilla dorada y una cantidad exuberante de comida. El emperador está sentado y a su lado hay dos sillas vacías.

 

– ¿Qué hacen ahí parados? – el emperador cuestionó –, ¡vengan a mi mesa y coman!

Katherine y Aiden empiezan a recorrer el pasillo que divide la estancia, sintiendo cómo todos los presentes los siguen con la mirada.

– ¡Y los demás, continúen con la fiesta! – el emperador ordenó cuando sus invitados se sentaron a su lado.

 

Después de escuchar la orden de su emperador, el personal del palacio continúa llevando comida y bebida a los invitados, los músicos tocan sus instrumentos y, poco a poco, el banquete regresa a la normalidad.

– Ojalá sea de su agrado la comida – el emperador comentó antes de beber un poco de vino.

– Conozco a alguien que disfrutaría mucho de este lugar – Katherine sostuvo mientras tomaba un pedazo de carne y le daba una gran mordida.

Aiden voltea a mirarla con reproche y le pregunta rápidamente al emperador:

– ¿Cuándo veremos los detalles de la misión? –

– ¡Primero se come, luego se trabaja! – el emperador pronunció enojado –, si me vuelves a insistir sobre ese tema, haré que te azoten.

– Le pido una disculpa – Aiden expresó temeroso –, no lo molestaré más.

 

El emperador asiente con la cabeza mientras toma otra vez de su copa, Aiden voltea hacia Katherine y sólo con esa mirada basta para que Katherine comprenda los planes de su compañero.

– ¿Qué les parece la comida? – el rey preguntó después de unos minutos.

– Está exquisito – Aiden respondió después de tragar un pedazo de pan.

– Es la mejor cecina de cerdo que haya probado – Katherine añadió sonriendo.

 

El emperador vuelve a asentir con la cabeza, se levanta de su silla y aplaude un par de veces para que los presentes guarden silencio.

– ¡Que empiece el baile! – el emperador solicitó después de llamar la atención de todos los comensales.

Inmediatamente después, una veintena de sirvientes empujan las mesas hacia las orillas del salón. Una vez creado un nuevo espacio, la música vuelve a inundar el lugar y los invitados se paran para bailar; la gran mayoría con una pareja, otros forman un grupo pequeño y, solamente, dos personas se quedan sentadas en las mesas. Desde el fondo, el emperador observa y ríe, ignorando a las dos personas que tiene a su lado.

 

Aiden y Katherine comen del plato de frutas que tienen enfrente, está repleto de una pequeña fruta que crece en ese reino, parecida a la uva, pero más dulce y grande. Mientras degustan, ven a los invitados bailar y pasar un rato agradable. Pasan unos minutos, y un hombre alto y flaco, vestido de manera elegante completamente de verde se acerca a la mesa central.

– ¿Me permite esta pieza? – el extraño le preguntó a Katherine haciendo una leve reverencia ante ella y extendiendo la mano a manera de invitación.

Ella acepta con una sonrisa, se levanta de la silla, le da la mano y lo sigue hasta el centro del salón. Una vez listos, empiezan a bailar, intentando seguir los pasos que los demás hacen.

– Me llamo Gnor – comentó mientras bailaba con Katherine.

– ¡Mucho gusto, Gnor! – Katherine dijo aprovechando la pausa de la música –. Yo soy Katherine.

Gnor añadiría algo más, pero la música ahogó sus palabras; en seguida, Katherine sonrió y los dos continuaron disfrutando del ritmo de la tradicional música de Tlogor.

 

– No sabía que vendrías acompañado – el emperador señaló sin dejar de ponerle atención a la elegancia que Katherine mostraba al deslizarse en la pista de baile.

– No me dijiste que tenía que venir solo – Aiden argumentó antes de terminarse la fruta.

– Sabes que no me gusta que me oculten las cosas – el emperador enfatizó.

– Nadie te está ocultando nada, Orgon – Aiden contestó.

– Por su bien, espero que no – el emperador amenazó mientras se levantaba y caminaba alrededor de la mesa –, acompáñame a la sala del trono.

Los invitados dejan de bailar al momento en el que el emperador se para, y al darse cuenta de que se dirige hacia la salida, los invitados se detienen en ambos lados del salón creando un camino para que el emperador pase.

El emperador Orgon IV recorre el camino, seguido por Aiden. Conforme ambos caminan, la gente inclina la cabeza para demostrar respeto.

– ¡Muchas gracias por el baile! – Katherine exclamó apartándose de Gnor –, pero tengo que irme.

– Fue un placer – Gnor respondió, pero Katherine ya no lo alcanzó a escuchar porque corría entre las personas tratando de alcanzar a Aiden.

– ¿A dónde vamos? – Katherine sondeó al alcanzar a su amigo.

– Espero que nos lleve al lugar en el que nos explicará qué quiere que hagamos – Aiden confesó murmurando.

 

El emperador continúa caminando en silencio por los amplios y bien iluminados pasillos de su palacio hasta que llega a una puerta custodiada por dos soldados. Antes de que el emperador llegue a la puerta, uno de los custodios la abre y sin detenerse, el emperador seguido de cerca por Aiden y Katherine, la traspasa. Segundos después, la puerta se cierra. La pequeña sala tiene una alfombra verde que recorre desde la puerta hasta un gran trono al fondo de la habitación. El trono está confeccionado de oro, excepto el asiento y los reposabrazos que son de un colchón aterciopelado verde. A los costados del cuarto hay dos grandes ventanales por los cuales atraviesan los rayos del sol, iluminando el lugar. Sobre el trono está colgado un estandarte, del mismo color y bordadas del mismo material, dos serpientes entrelazadas en una lanza.  

 

– Quiero que cumplan con el encargo de la manera más discreta que sea posible – el emperador comenzó a hablar al sentarse –. Mi deseo es que Nogor y Glogor sigan ocupados, peleando entre ellos para que se mantengan lejos de mi imperio. Como te pedí, Aiden, quiero que sabotees su cuartel para dejarlos sin armas y quemar su granero para dejarlos sin comida.

– ¿No son algo drásticas esas medidas? – Katherine cuestionó.

– Prefiero hacer eso a ver sufrir a mi pueblo – el emperador rebatió mirándola fijamente a los ojos.

– ¿Tienes en mente algún plan en específico? – Aiden inquirió.

– ¡Anya! – el emperador gritó sin desviar la mirada.

 

Al instante la puerta se abre y entra una pequeña mujer por ella, camina en silencio, con la cabeza agachada sobre la alfombra hasta llegar frente al emperador.

– Consígueme los mapas de Nogor y de Glogor – Orgon ordenó sin verla–, también quiero un casco de la guardia de cada ciudad.

Anya, sin levantar la vista del piso, asiente, da media vuelta y sale de la sala sin pronunciar una palabra.

– Eso es lo que harán – Orgon comentó una vez que la puerta se cerró –, sabotear su cuartel y dejar como evidencia un casco de la otra metrópoli.

– ¡Así se hará! – Aiden afirmó –. ¿Podría mandar los mapas y los cascos a nuestro cuarto?

– ¿A qué se debe eso? – Orgon preguntó desconfiando de Aiden.

– Queremos salir lo antes posible – Aiden reveló –. Nos prepararemos en lo que esperamos a Anya.

– Le haré saber a mis sirvientes que lleven el material su cuarto – el emperador revalidó –, pueden salir.

 

Aiden inclina la cabeza, da media vuelta y empieza a caminar hacia la salida de aquel cuarto. Cuando se encuentra a la mitad, se frena y voltea a ver a Katherine que está parada frente al emperador.

– ¿No existe otra forma de lograr la paz sin recurrir a la violencia? – Katherine refutó.

– No en mi mundo – el emperador expresó molesto –. Ahora, vayan a hacer su deber, por lo que fueron contratados.

– Pero, no cree que… – Katherine empezó a decir cuando, de repente, sintió las manos de Aiden que la jalaban hacia atrás.

– ¿Qué es lo que haces? – Katherine exclamó tratando de zafarse de Aiden.

– Espera a llegar a la habitación – Aiden le susurró al oído antes de salir del cuarto del trono.

 

Una vez fuera, Aiden suelta a Katherine y camina en silencio, seguidos por un guardia hasta su habitación. Aiden abre la puerta, espera a que su compañera entre y la cierra en la nariz del guardia.

– ¿Me puedes explicar qué es lo que acaba de pasar? – Katherine expresó alterada.

– Aquí no, Katherine, será mejor que nos guardemos nuestra opinión hasta salir de la ciudad – Aiden pidió entre murmullos.

– Me rehúso a hacer la encomienda del emperador – Katherine sostuvo –, no haré que dos pueblos continúen en combate por el capricho de una persona.

Antes de que Aiden pudiese comentar algo más, la puerta se abre y Anya entra por ella cargada con dos pergaminos enrollados y una bolsa de tela.

– ¡Muchas gracias! – Aiden agradeció mientras sujetaba los manuscritos –, eres muy amable.

– Por favor, no hagan lo que les encargo el emperador – Anya suplicó musitando.

– ¿Por qué dices eso? – Katherine increpó.

– Por favor, baje la voz – Anya imploró mirando hacia la puerta –, siempre hay alguien escuchando en este palacio.

– ¿Qué es lo que sabes? – Aiden cuestionó en el tono de voz más bajo que pudo hacer.

– Sé que lo que ustedes harán desencadenará una serie de eventos fatídicos para muchas personas – Anya confesó caminando hacia la puerta –. Los veré al suroeste de la ciudad, a unos tres kilómetros de aquí hay una pequeña cabaña abandonada. Ahí podremos charlar sin temor.

 

Anya abre la puerta y sale de la habitación, dejando a Aiden y a Katherine cavilando sobre lo que acaban de escuchar. Unos instantes después, Aiden sacude su cabeza para despejarse y camina hacia la puerta para cerrarla.

– Agarra lo indispensable para partir – Aiden solicitó a Katherine mientras veía el interior de la bolsa –; yo llevaré los pergaminos y los cascos.

– ¿Confiaremos en Anya? – Katherine cuestionó en lo que se acomodaba los sables en la espalda.

– No perdemos nada en escuchar lo que tiene que decir – Aiden replicó mientras se ponía su cota de malla –. ¿Estás lista?

– No necesito nada más – Katherine expresó caminando hacia la puerta.

 

Aiden abre la puerta de la habitación, dejando pasar a Katherine. Juntos, caminan entre los soldados que hacen guardia fuera de su cuarto y recorren el largo pasillo hacia la salida del palacio. Una vez fuera, caminan con paso firme por la calle principal de la ciudad, pasan entre las palmeras y los guardias que permanecen inmóviles. Exactamente, en la salida, hacen una pequeña pausa que Aiden aprovecha para mirar al cielo y guiarse. Katherine voltea a ver a su amigo y, tras una breve mirada, los dos se adentran en el desierto en búsqueda de la cabaña abandonada.

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La Huida de Noliac Parte II © Diego Diz Rodríguez

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