-¡Por fin, tranquilidad!- Diego exclamó para sí mismo cuando se quedó solo-, ahora sí puedo trabajar sin interrupciones.

Volteó a su alrededor para cerciorarse de que nadie estuviera cerca: se sentó, cruzó las piernas y cerró los ojos. En esa posición se quedó, inhaló y exhaló el aire espeso de Nghima. Pasaron un par de minutos y Diego abrió los ojos, dio una fuerte palmada y una luz intensa iluminó todo Nghima por una fracción de segundo.

 

Se levantó con una sonrisa en el rostro, las sombras seguían cubriendo el mundo, pero los ojos de Diego la atravesaban como un cuchillo a la mantequilla.

-Veamos qué tenemos por aquí- Diego dijo en voz baja mientras caminaba hacia la entrada de la cueva.

-Aquellos dos investigaron el interior de la cueva, pero olvidaron el exterior- Diego continuó diciendo.

 

Una vez que había llegado a la entrada del subterráneo, se hincó y comenzó a observar a los alrededores. Tomó un poco del pasto y se lo acercó a su nariz, pasó un dedo sobre la superficie de una gran piedra y lo metió a su boca. A los pocos segundos, escupió un poco de saliva al piso y, para terminar, agarró un puñado de tierra que había mezclado con baba y lo lanzó hacia el cielo.

 

La tierra quedó suspendida en el aire y formó un camino en el interior de la cueva. Diego, sin dejar de sonreír, se levantó y caminó siguiendo el rastro de la tierra hacia el interior de la caverna.

-Engañaste a los otros dos, mi amigo, pero yo no caeré tan fácil- Diego dijo mientras observaba las paredes de la cueva que eran lisas y no tenían ninguna grieta ni desperfecto, excepto un pequeño lugar al fondo en el que había varias piedras apiladas. Diego se acercó a ellas y las retiró sin esfuerzo dejando al descubierto un hoyo por el que podía salir.

-¡Conque por aquí escapaste!- Diego expresó, al mismo tiempo, que se agachaba y atravesaba el hoyo.

 

Una vez fuera se paró en un pequeño pedazo de tierra. En ese lugar, sólo había un arbusto en el que se encontraba amarrada una cuerda.

-¡Qué curioso!- Diego dijo sorprendido mientras sujetaba la cuerda para analizarla, ¡espero que aguante mi peso!

Diego se colocó en la orilla del pedazo de tierra con la cuerda bien apretada y, sin pensarlo dos veces, comenzó a descender.

 

Mientras tanto, en otra de las islas que conforman a Nghima, Katherine y Aiden caminaban en la oscuridad.

-¿Por qué no estamos haciendo nada?- Katherine expresó.

-Decidí que es una buena oportunidad para que Diego aprenda una lección- Aiden respondió sin parar la marcha.

-¿A dónde vamos?- Katherine preguntó tratando de ver a su alrededor.

-Encontré un buen lugar para descansar la primera vez que estuve aquí.

-¿Confías en que Diego pueda encontrar a Kehfill?

-Conozco pocas personas que sepan seguir un rastro mejor que él. De hecho, ¿notaste el destello de luz?

-Fue como un rayo -Katherine respondió-, duró tan poco tiempo que creí que lo había imaginado. ¿Qué significa eso?

-Significa que Diego está haciendo el trabajo- Aiden contestó con una mueca mientras tomaba asiento y recargaba su espalda contra una gran roca.

-¿Diego provocó ese rayo?- Katherine exclamó en lo que se sentaba también.

-Es una magia antigua, pero sencilla- Aiden dijo restándole importancia al asunto-, lo que hace es que te permite ver con claridad en cualquier entorno.

-Diego está empecinado con esta misión, ¿no deberíamos ayudarlo?- Katherine pronunció.

-Katherine, podemos participar en los juegos de Diego y seguir fomentando su conducta o dejar que se dé cuenta de que las cosas no funcionan así.

-Entonces, ¿nos quedamos aquí acostados sin hacer nada?

-Ésa es la idea- Aiden respondió mientras ponía sus manos atrás de su cabeza y bostezaba.

 

Katherine se quedó unos momentos viendo a Aiden sin estar convencida de estar haciendo lo correcto, pero al ver que su amigo cerraba los ojos y sonreía, decidió hacer lo mismo que él y relajarse sobre una capa de musgo acolchonada.

 

Entretanto, Diego ya había terminado de descender por la cuerda hasta un pequeño pedazo de tierra de una extensión de no más de tres metros cuadrados. Al llegar se dio cuenta de que toda la superficie estaba removida y se alcanzaba a ver una placa de metal. Diego se agachó esbozando una risita, tomó la manija e hizo fuerzas con las piernas para terminar levantando la placa y revelar un pasaje estrecho al interior.

-¡Vaya, vaya!- Diego exclamó emocionado mientras entraba por la abertura-, qué inesperado cambio de eventos.

 

El interior estaba aún más oscuro que el exterior, pero Diego podía ver con claridad hasta el más mínimo detalle. En el piso podían verse unas pequeñas huellas de lodo que se adentraban en el pequeño pasaje y sólo había un camino serpenteante que se adentraba en el pequeño mundo. Diego, sobreexcitado, empezó a seguir las huellas. Había partes del camino en las que se tenía que agachar y, otras, que debía atravesar pecho tierra. Después de diez minutos de forcejear contra las rocas, empezó a escuchar movimiento frente a él. Diego aminoró el paso para no hacer ningún ruido y recorrió los últimos metros en silencio total. Al final del camino, había una gran cueva repleta de cajas de diferentes tamaños, algunas ya cubiertas de moho; además, de dos lámparas oxidadas que iluminaban el espacio. Ya adentro era inevitable el fuerte olor a humedad, que a ratos hacía insoportable poder permanecer ahí. Al fondo de la cueva se encontraba Kehfill, de espaldas a la entrada, trabajando sobre una mesa de madera.

 

Diego, después de haber analizado sus opciones, empezó a caminar sigilosamente para esquivar las cajas de madera que había en su camino. En ese momento, lo único que se escuchaba era el rasgueo que la pluma de Kehfill producía mientras escribía en el papel. Cuando estaba por llegar al centro de la cueva, se escuchó un fuerte latigazo y, segundos después, una jaula metálica cayó del techo, atrapando a Diego, que se había quedado estático por la sorpresa.

 

-Sabía que mi padre no tardaría en pedir ayuda, él es tan predecible- Kehfill comentó sin levantar la vista de la hoja-. ¿Quién eres?

-Mi nombre es Diego y vengo para recuperar el cristal que robaste.

-¡Una persona directa y honesta!- Kehfill argumentó sorprendido-. Aprecio esas cualidades, ¡vaya que sí!

-¿Por qué te robaste la luz de tu mundo?- Diego inquirió para ganar algo de tiempo.

-¿Sabes cuánto están dispuestos a pagarme por ella?- Kehfill respondió volteando a ver a su prisionero.

-La verdad no conozco ese tipo de cambio- Diego dijo de manera sarcástica-, pero imagino que será una cantidad sustanciosa si permitió que traicionaras a tu mundo.

-Mi comprador me ofreció ganar lo que muy poca gente puede darme- Kehfill afirmó con un gesto malicioso.

-Y, ¿se puede saber qué te prometió?- Diego sondeó mientras colocaba sus manos en los barrotes de metal.

-No lo diría normalmente, pero al saber que tu fin se encuentra cerca… no veo por qué no decirlo. Me ofreció una salida de este mundo y montañas de oro -Kehfill confesó dándole la espalda a Diego-.

-¿A qué te refieres con que mi fin está cerca?

-Esta cueva se llenará de agua en un par de horas, de hecho sólo se vacía cinco horas a la semana, el resto del tiempo desaparece bajo el mar de Nghima.

-Y por tu expresión deduzco que me quedan escasos minutos de esas cinco horas, ¿cierto?

-No sólo eres honesto, ¡eres inteligente también!-Kehfill comentó-, es una lástima que no vayas a salir de ésta. ¡Qué pena, vaya que sí!

 

Antes de que Diego pudiera decir algo más, Kehfill dobló la hoja, caminó hacia una pequeña caja de madera y la abrió. Al hacerlo, un destello de luz morada iluminó toda la cueva, pero Kehfill depositó la hoja y cerró la caja lo más rápido posible.

-Me apena dejarte en estas condiciones, vaya que sí- Kehfill dijo mientras agarraba la caja y caminaba hacia la salida de la cueva-.

-No me tienes que dejar aquí, -Diego comentó dibujando una sonrisa-, pero Kehfill ya había desparecido.

 

Después de unos segundos, Diego colocó sus manos sobre las barras, susurró una palabra y, al poco tiempo, el metal que estaba bajo sus manos empezó a cambiar de color de gris a un rojo vivo. Repitió el proceso con varias de las barras y, al final, quitó las manos y le dio una fuerte patada, lo que ocasionó que varios tubos de metal al rojo vivo volaran en distintas direcciones.

-Lamento decepcionarte, Kehfill, amigo mío. Pero mi fin no será en una jaula, -Diego aseveró mientras atravesaba el hoyo que, minutos antes, había formado-. Ahora sólo tengo que alcanzarte y ganar la apuesta.

 

Antes de que se pusiera en marcha, empezó a escuchar cómo pequeñas gotas de agua caían desde el techo de la cueva. Preocupado, emprendió el paso en dirección al camino serpenteante que lo llevaría a la salida de aquel lugar. Un pequeño, pero constante hilo de agua caía por el túnel, lo que hacía el camino más resbaloso. Conforme avanzaba, aumentaba el volumen de agua que entraba. El ritmo de Diego era constante, pero su ropa mojada y enlodada le dificultaba el avance. Después de varios resbalones, raspones y golpes logró llegar a la salida del lugar.

 

Al abrir la placa metálica descubrió que el agua estaba cerca de cubrir la totalidad del espacio. Después, volteó para arriba y, para su sorpresa, descubrió que Kehfill no había quitado la cuerda. Decidido, agarró la cuerda y empezó a ascender con la ayuda de ella.

-Ojalá la paga sea buena- Diego comentó entre jadeos al terminar de subir por la cuerda-. ¿En dónde puedes estar, pequeña rata?

 

Enojado, regresó al santuario por el mismo hoyo que había utilizado para salir y vio que el pequeño lago estaba lleno de agua y en el centro se encontraba la misma bandeja de vidrio sobre el pedestal de piedra.

-¡Qué lugar tan misterioso!- Diego expresó mientras buscaba una forma para cruzar el lago.

Después de un rápido escaneo a la cueva, se lanzó de un clavado al lago y empezó a nadar hacia la otra orilla. Al momento de que su cuerpo hizo contacto con el agua, las ondas empezaron a cubrir la roca central y el pedestal empezó lentamente a descender. Diego sintió como una fuerte corriente lo jalaba hacia el centro del lago y utilizo todas sus fuerzas para luchar contra la fuerza que lo arrastraba poco a poco. Pasaron unos minutos y el agua del lago había desaparecido, lo único que se veía era a Diego bocarriba, y su pecho que subía y bajaba rápidamente con cada jadeo que daba.

-Ya van dos veces que hago lo mismo- Diego se reclamó a sí mismo-, lo bueno es que ya no tengo lodo por todas partes. Posteriormente, Diego con la energía que le quedaba en su cuerpo, se levantó y empezó a caminar rumbo a la salida de la cueva.

-Espero que no esté lejos- Diego dijo al salir del agujero-, ya me estoy cansando.

Sin muchos ánimos y deteriorado, con la ropa chorreando de mugre, siguió las huellas que Kehfill había dejado al salir de la cueva hacia el norte de Nghima.

 

-¡Silencio!, alguien viene- Aiden comentó incorporándose de golpe.

-Yo también lo escucho –Katherine susurró-, por lo visto no le preocupa mucho ser descubierto, viene cantando.

-“Y así fue como Kehfill se fue de su mundo, robando el cristal, tomando la luz…”.

-¡Es Kehfill!-Katherine exclamó sorprendida-, tendámosle una emboscada.

Aiden y Katherine se pararon en silencio y se colocaron detrás de los árboles en posiciones estratégicas para poder atrapar a Kehfill.

-“Su padre lloró, su madre se preocupó, su hermano no lo creyó capaz. Pero Kehfill sorprendió a todos”.

 

Cuando la pequeña criatura estaba a un lado de Katherine se detuvo en seco y la volteó a ver.

-¿Quién eres tú?-, Kehfill preguntó sorprendido.

Antes de que Katherine pudiese contestar, Aiden salió de las sombras con una red en las manos. Veloz como un rayo apresó a Kehfill y lo levantó del suelo sin mucho esfuerzo.

-¿Qué es lo que está pasando?- Kehfill gritó moviendo sus extremidades de un lado a otro para romper la red.

-Esto fue fácil- Katherine comentó viendo directamente a Kehfill.

-Si me sueltan les puedo decir en dónde se encuentra Diego –Kehfill sentenció-, probablemente, lo encuentren con vida si se apresuran.

-No me preocuparía mucho por él- Diego contestó con un gruñido al momento de llegar a su lado.

-¿Se puede saber qué es lo que pasó contigo?- Katherine preguntó tratando de no reírse.

-Perseguí a esta criatura por diferentes lugares; me arrastré en el lodo, me encerró en una jaula y, ¿ustedes lo atraparon con una simple red a mitad de un campo abierto?

-¿Qué te puedo decir, Diego?- Aiden comentó mientras empezaban a caminar hacia el castillo de Kehfar-, hay veces que la cabeza puede más que la fuerza bruta.

 

Los tres amigos empezaron a caminar en silencio interrumpidos por las constantes quejas de Kehfill; atravesaron otro puente, caminaron entre piedras y flores, hasta cruzar un pequeño río que los conectó con el castillo de Kehfar.

 

Kehfar se encontraba tratando de cortar las flores marchitas en los jardines de su terreno. Al escuchar los lamentos de Kehfill, el rey levantó la vista y vio que las personas que había contratado se acercaban con su hijo prisionero en una red.

-Me da gusto que hayan cumplido con la tarea encomendada- Kehfar afirmó-, pero me invade una honda tristeza al darme cuenta que mi propio hijo me traicionó de esta manera.

-¡Yo sólo quería tener una oportunidad para salir de aquí!- Kehfill gritó al momento de caer al piso-, cualquiera hubiera hecho lo mismo.

-Nadie hubiero puesto su propio bien por encima del bien común- Kehfar alegó mientras cinco guardias rodeaban a Kehfill y lo escoltaban al interior del castillo.

-Gracias por devolver la luz a Nghima-, Kehfar agradeció mientras agarraba la caja que transportaba a su hijo-, espero que no les haya dado mucho problema.

-Fue un gusto- Aiden expresó mientras inclinaba su cabeza.

-Se entregó prácticamente solo- Katherine añadió.

-Aquí tienen su paga- comentó Kehfar al sacar una bolsa de su cinturón-, se la ganaron.

-Esperemos que nuestro siguiente encuentro sea en mejores circunstancias- Aiden comentó mientras tomaba la bolsa y la lanzaba a Diego-. Si nos disculpa, tenemos asuntos pendientes en otros lugares.

-¡Claro, claro! Imagino que son personas muy ocupadas- Kehfar agradeció alegremente.

 

Katherine, Diego y Aiden se despidieron de Kehfar, quien se mostraba plenamente agradecido, y dieron media vuelta. Para sorpresa de la pequeña criatura, un círculo de luz apareció frente a ellos, lo atravesaron y se fueron de Nghima.

 

Kehfar abrió la caja que tenía en las manos y un destello de luz morado iluminó el cielo, lo que significaba el retorno de la luz a su mundo.

 

FIN

 

 

Nghima y su luz © Diego Diz Rodríguez

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